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Es momento de cambiar la lógica de ocupación territorial hacia una matriz acorde a los desafíos que plantea la realidad pospandémica. A las enseñanzas que vamos acumulando a lo largo de este proceso. El mundo quizás ya no se trate de la universalización globalista y esté dando paso a modos de organización en menor escala. A sustituir las formas de concentración poblacional por esquemas de distribución demográfica capaces de reconectar a los individuos con sus lugares de orígen.

Quizás por esto se revitalice la aspiración de un país federal en el imaginario popular. El timming es inapelable. Pero el federalismo no debe ser un siemple ideal ni mucho menos un relato. El federalismo se construye brindándole a cada argentino la posibilidad de ser feliz en el lugar del país que elijan habitar. Y que esa elección esté sujeta al deseo y no atada a un compendio de necesidades propias de la supervivencia.

Quienes abandonan su lugar natal lo hacen en busca de un horizonte mejor que pareciera – a los ojos del interior – estar garantizado en las grandes ciudades del país. Si bien esto quedó desmentido durante la pandemia, es innegable que además de puestos de trabajo las ciudades ofrecen recursos e infraestructura. Pero no tenemos que olvidarnos de la causalidad que sostiene este fenómeno.

Historicamente cada asentamiento poblacional se construyó sobre la base de las posibilidades productivas que la zona brindase. Si hasta la Ciudad de Buenos Aires pareciera estar diseñada por las necesidades de optimización de la actividad portuaria. Y esto es porque la actividad productiva es la encargada de regular y ordenar la vida de las sociedades. En otras palabras, las posibilidades que tenga una comunidad estarán supeditadas a la escala de su entramado productivo.

Entonces debemos aumentar la escala. Debemos crear el marco necesario de incentivo y fomento para poder construir una matriz productiva federal que atienda a las necesidades de cada región y sepa obtener de ellas los mejores resultados. Necesitamos crecer a otra escala, de otra forma. Mientras el Estado comienza a delinear políticas que multipliquen las posibilidades de crecimiento en todo el territorio nacional, los empresarios tenemos el compromiso de organizar el entramado productivo.

Abrir fábricas que generen nuevos mercados. Nuevos mercados que atraigan individuos que demandarán escuelas y hospitales. Comercios y servicios capaces de satisfacer necesidades y aspiraciones tan heterogéneas como universales. Fábricas que alimenten la identidad de cada lugar. Porque la industria construye comunidad. En este caso, pequeñas y medianas comunidades de argentinos y argentinas que viven donde desean, con felicidad.

Mauro Gonzalez.