Trabajo Social y Comunitario

¿Hay derecho a jugar o juegan con sus derechos?

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Un niño entra al subte con sus estampillas buscando miradas que lo noten a pesar de su tamaño, a pesar de su silencio, a pesar de su vestimenta rota y su hambre, pretende que lo vean a él con su existencia, que es todo lo que tiene. Primer viajero, leyendo el diario, las noticias nos las cuentan los medios de hoy, “¿Para qué mirar lo que hay enfrente de mis ojos? Sería tener que asumir una realidad que no sé manejar”, se puede leer en su inconsciente. El niño sigue. Segundo viajero, levanta la vista del celular, acepta el intercambio de un choque de manos con el niño y vuelve a su realidad virtual. Y así, cientos de viajeros que van y vienen día a día.

 

El trabajo infantil es una realidad mucho más cercana de lo que nos gustaría aceptar. Está delante de nuestros ojos a diario, aunque sea preferible verla en los periódicos o refugiarse en el mundo virtual. Pocos conservan la capacidad de la empatía, ¿Qué pasaría si ese niño obligado a salir a trabajar fuese mi hijo, mi hermano, mi sobrino, mi amigo? Mejor seguimos, siempre se hace tarde en la ciudad, hay que correr. Mirar a los ojos es perder tiempo, las miradas se diluyen en un lugar de tránsito y anonimato, un “no lugar”.

La niñez es una construcción creada por el imaginario social a fines del siglo XIX. La edad parecería ser el principal requisito para ser niño, pero como veremos, es un dispositivo que va mucho más allá del componente etario. Su comprensión requiere pensarla como socialmente producida desde diversos discursos y relaciones de poder. No hay una niñez en tanto tal, sino que ésta se construye todo el tiempo -no como algo natural- sino atravesada por diversos factores y prácticas de actores sociales con diversos intereses. En este sentido, se puede afirmar que la infancia en contextos de pobreza influye directamente en el crecimiento de los niños, condicionando la posibilidad de desarrollo y aprendizaje, y reproduciendo mecanismos de desigualdad estructural.

Con trabajo infantil se entiende a todo trabajo que priva a los niños de su niñez, siendo perjudicial para su bienestar y desarrollo físico y psicológico, impactando en su crecimiento biológico y las condiciones de escolarización, de salud y, en general, de vida. De esta forma, para abordar la niñez desde una mirada reflexiva partimos por concebirla como un campo en el que confluyen discursos productores de subjetividad, donde convergen relaciones sociales de todo tipo, entre las que se ocultan particularmente ciertas relaciones de poder y dominación.

Si bien presenciamos en las últimas décadas un cambio de paradigma desde el pasaje de la Ley Agote o del Patronato de la Infancia (1919) hacia la Ley de la Protección Integral de los Derechos los Niños/as y Adolescentes (2005), (pasando por la Declaración de los Derechos del Niño (1959) y la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (1989), a la cual adhiere el Estado argentino y se incorpora en la Constitución Argentina a partir de la reforma de 1994) proceso en el cual el “niño como sujeto de derecho” es reivindicado, se debe tomar cautela y poner manos a la obra si no queremos que se convierta más en un cliché que un concepto con contenido teórico y práctico en el ámbito social.

En 2002, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) instituyó el 12 de junio como el primer Día Mundial contra el Trabajo Infantil para exponer esta problemática que afecta a niñas y niños alrededor de todo el mundo. El objetivo es fomentar la lucha contra esta forma de opresión de la niñez, en tanto representa un obstáculo para los derechos de niñas y niños. A su vez, en Argentina rige desde el año 2008, la Ley N° 26.390 que prohíbe el trabajo infantil de toda persona menor de 16 años y establece pautas para la protección del trabajo adolescente.

Entonces se parte de la desnaturalización de la niñez para luego poder situarnos en sus especificidades en contextos de pobreza, en las cuales el trabajo infantil es una actividad más frecuente de lo que parece. Las consecuencias por el desempeño de estas tareas van desde el bajo rendimiento escolar y la deserción, el maltrato, la violencia y la explotación, hasta el consumo de drogas y la transgresión de las leyes. Así, alejándonos de una perspectiva inocente y naturalizada, se visibiliza cómo la pobreza se apropia de los cuerpos de la infancia dificultando su desarrollo y controlando a las poblaciones. Otro ejemplo de esto es la falta de espacio público que hay en los barrios más precarios. No sólo que no hay plazas o parques (y si las hubiera, en pésimas condiciones), sino que la mayoría de las veces ni siquiera hay veredas, lugar de encuentro del juego de las infancias de tan sólo décadas atrás, y que históricamente han cumplido una función social relacionada con la recreación y el ocio. Esto no es casualidad, sino que es parte de una decisión política.  La vivienda precaria, el hacinamiento, la falta de agua potable y cloacas, la falta de accesibilidad, el riesgo constante al desalojo, son decisiones políticas que se expresan en la construcción de la subjetividad en la infancia. De esta manera se forma un círculo de exclusión material y simbólica que reproducen la pobreza; todo esto  en el marco de un entramado complejo de relaciones de poder-dominación, marco que hacen posibles estas relaciones, a su vez éstas son provocadas por sujetos históricos y fenómenos estructurales.

Revertir este proceso implica políticas sobre la niñez, para superar el cliché del “niño como sujeto de derecho” y darle contenido real al tipo de niñez que queremos. Construir prácticas emancipatorias de la infancia oprimida, dominada por lo “no-niño/a” y por la necesidad,  implica considerarla en todas sus dimensiones. A su vez, no hay que  dejarse engañar por el discurso de la protección integral, que disfraza un cambio de paradigma en relación a los derechos del niño, ya que en la práctica contiene viejos discursos que siguen vigentes. De esta forma, “la emancipación presupone un proceso social en donde la lucha política por los derechos es un punto de partida. La emancipación de la dominación comienza por superar la materialidad que se expresa en las necesidades” (Bustelo, 2007). 

Pero la construcción política también comprende la toma de poder desde los pequeños espacios de la cotidianeidad, acciones que en lo diario ayuden a cimentar una infancia mejor. El juego se presenta como una herramienta fundamental en esta alternativa porque, aunque sea controlado, contiene una dimensión creadora que se debe fomentar. Muchas veces se puede observar a niños esperando en el semáforo para hacer sus malabares y, mientras, juegan entre ellos, aquí el trabajo y el juego se combinan, porque a la capacidad de jugar no se la pueden arrebatar ni aunque violen su infancia. Jugando, los niños construyen libertad, en tanto el juego es una situación imaginante, es libertad para imaginar y crear. Entonces, antes de que el poder juegue con sus derechos, la niñez puede tomar como uno de sus puntos de lucha hacia prácticas emancipatorias revalorizar la capacidad de jugar. 

Daniela Televes
Analista de CECREDA

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