Análisis y Desarrollo Político

«u00a1Es la polu00edtica, estu00fapido!»

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A diez años de la asunción como presidente de aquel «pingüino» sólo queda por advertir sobre la necesidad de seguir manteniendo a la política por encima de los poderes multiformes que pretenden adueñarse de todo lo que Estado descuida. Permitir que esos intereses privados vuelvan a apropiarse de lo público significaría retroceder sobre la década ganada.

 

Hace 10 años asumía la presidencia argentina un desconocido gobernador patagónico.

Ese dirigente emergió como resultado de una grave crisis institucional que hundió económicamente a la Argentina pero que fundamentalmente hizo tocar fondo a una sociedad en un sentido mucho más amplio, empujada al abismo también político y social por una dirigencia sin estatura para los tiempos que se vivían.

La era del post-menemismo fue advertida pero no comandada por la política: la salida de la Convertibilidad y de un modelo político de sistemático achique del Estado demandaba decisión y pericia política más que habilidad y talento de tecnócratas.

Los resultados catastróficos fueron claros, dramáticos y evidentes.

Por eso, la emergencia de Eduardo Duhalde y la posterior aparición y ascenso de Néstor Kirchner muestran el rol claro que la política tuvo para la recuperación argentina post 2001, pese a haber sido ella misma la que “rifó” el destino del país.

Pese a sus diferencias generacionales, políticas e ideológicas, tanto Duhalde como Kirchner rescataron a la política del ático del neoliberalismo, primero, y devolvieron su lugar en la gestión de lo público, luego.

Aunque resulte molesto para unos y otros de sus seguidores, Duhalde y Kirchner fueron parte de la misma solución, aunque en dos fases distintas.

Pero resulta claro que el devenir de la primera presidencia del dirigente patagónico terminó de instalar la «salida política» como herramienta de cambio, mientras que la gestión interina de Duhalde apenas sirvió para recomponer los destrozos institucionales que habían infligidos el quiebre provocado por la crisis de 2001.

El rol del Estado en las decisiones económicas, la mano firme para encauzar la crisis de representación ciudadana y la priorización de valores como los derechos humanos, la igualdad social y el reaprecio de «lo argentino» en la escala de valores, devolvieron el espíritu a un pueblo noqueado por el neoliberalismo económico, político y cultural.

La década perdida (1990-2000), sin dudas, pasó a ser un decenio ganado (2000-2010).

Como aquel slogan de campaña utilizado por el ex presidente norteamericano, Bill Clinton «Es la economía, estúpido» bien pudo haber sido el leitmotiv de Néstor Kirchner algo así como «Es la política, estúpido» al advertir que la recuperación argentina post decable aliancista debía restituir a la política en el lugar que le había sido vedado por las lógicas noventistas de privatización y tercerización de la gestión pública.

 

A diez años de la asunción como presidente de aquel «pingüino» sólo queda por advertir sobre la necesidad de seguir manteniendo a la política por encima de los poderes multiformes que pretenden adueñarse de todo lo que Estado descuida. Permitir que esos intereses privados vuelvan a apropiarse de lo público significaría retroceder sobre la década ganada.

Aunque la política muestre deficiencias, flaquezas y malas intenciones siempre será mejor que la acción predadora de los grupos de poder que poco quieren hacer por quienes necesitan la ayuda del Estado.

Diego Corbalán

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