Trabajo Social y Comunitario

“Sin potreros no hay diez”: democracia y populismo

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Nunca está demás hablar de los beneficios y la importancia de programas que promueven la recuperación de espacios colectivos y la promoción del deporte entre los jóvenes, y es justamente a lo que apunta el programa “Sin potreros no hay diez” lanzado por el Ministerio de Desarrollo Social el pasado 28 de Marzo.

 

La premisa es la consideración del potrero como un espacio fundamental a la hora de hablar de inclusión social. Es que, para muchos niños y jóvenes de nuestros barrios, el potrero es la principal vía de acceso a la recreación y al deporte y todo lo que trae de la mano; como salud, compañerismo, respeto, solidaridad, contención, integración e  inclusión social.

El programa en concreto, se trata de la organización de torneos de fútbol interbarriales y, a partir de esa programación, previo a cada partido, la realización de jornadas de trabajo solidario para la puesta en valor de cada potrero. La idea es hacer extensivo el programa a lo largo de todo el país.

Pero en esta oportunidad la propuesta es hacer foco en la particularidad de la iniciativa, por haber surgido a partir del trabajo conjunto y la articulación barrio-militancia-Estado, como así lo señalara el Diputado Nacional Leonardo Grosso en el acto de lanzamiento realizado en el barrio Ejército de los Andes del partido de Tres de Febrero. «Este programa surgió de los compañeros y compañeras del barrio al ver la necesidad de que los potreros sean un espacio de inclusión y que puedan cumplir los sueños de los chicos. Esto demuestra que el Estado se hace cargo se la agenda de nuestro pueblo».

La militancia, cumple en esta etapa un rol tan importante que llega a convertirse en un puente directo entre el Estado y el barrio. Es un espacio recuperado en las últimas décadas y muy criticado debido al lugar que ocupa, por los sectores institucionalistas ortodoxos de nuestro país. Considerada como si se tratara de un tercero ajeno a las entrañas de nuestra sociedad, se critica la participación activa de la militancia en programas de Estado, en actos, organismos públicos, etc. Esta forma de participación y acción política es desacreditada por populista, y como si necesariamente por serlo, representara un daño a las formas institucionales democráticas de nuestro país.

Pero veamos, ¿por qué “populismo” es pronunciado casi como una mala palabra por muchos sectores de nuestro país? Dejemos de lado por un momento la intencionalidad y los prejuicios que puedan tener quienes utilizan este término despectivamente y pensemos en nuestras instituciones democráticas. ¿Realmente se dañan? ¿Acudimos a una decadencia de la institucionalidad en nuestro país como muchos nos quieren hacer creer? ¿Representa esto realmente una amenaza?, ¿o presenciamos una ampliación de nuestra democracia por vías diferentes a las ya conocidas tradicionales burocráticas? Pero además, ¿realmente lo institucional tradicional agota las vías de acceso al Estado? ¿Todas las demandas pueden encontrar su lugar allí?, ¿o es un ideal al que debemos aprender a renunciar?

En este punto, es interesante traer a colación al politólogo argentino y filósofo contemporáneo Ernesto Laclau. En su libro “La razón populista”, el autor hace una particular caracterización del populismo, que nos servirá para echar luz a nuestra serie de interrogantes. El filósofo propone dejar de pensar el término como lo que no es, y cargarlo de contenido positivo para poder aproximarnos a una definición y entendimiento real del fenómeno. Para el filósofo, el populismo surge cuando las instituciones no logran articular las demandas populares, por lo que se convierte en una vía de acceso alternativa a la satisfacción de dichas demandas. En nuestro país, hubo momentos en que las vías de articulación de demandas estuvieron casi completamente vedadas. Claro ejemplo representan la Argentina neoliberal de los 90, y la explosión en crisis del 2001. El pueblo era desoído y había quedado completamente afuera del proceso de toma de decisiones. Por eso, para Laclau, la identificación con el líder, guía el ingreso a la participación de las masas en la política. Pero es interesante que a partir de la figura del líder no sólo se expresan intereses y demandas preexistentes, el populismo también genera el espacio para darle cuerpo a otros intereses que estaban marginados.

Por ello, es importante no dejar pasar por alto el rol activo que el barrio cumple en la puesta en marcha de programas como este. Algo que parece tan simple como el arreglo de los potreros de los barrios, significa algo muy grande para algún joven de clase baja. Y es un pedido que tal vez no habría sido considerado de otra manera y sin la participación directa de la militancia y los vecinos del barrio. Porque ¿quién más que el quien habita o camina el barrio todos los días conoce mejor las necesidades de sus habitantes?

El pueblo que vuelve a ocupar un rol central en las políticas de Estado. Pero el populismo es una forma de construir política que no se agota ahí, ofrece  posibilidades y formas muy ricas, y el rol articulador que realiza la militancia, obliga a volver la mirada sobre ella. A partir de un diálogo que se establece por vías de acceso alternativas a las tradicionales de las instituciones burocráticas, el pueblo logra articular e ingresar sus demandas a la agenda del Estado, quien luego, como en este caso, las institucionaliza. 

El populismo es una forma de construir lo político, y es en los lugares en que se capilariza, -la militancia, la participación de los vecinos del barrio y sus propuestas llevadas a cabo por el Estado-, donde podemos vislumbrar su verdadero potencial y sus alcances reales para el crecimiento extensivo e intensivo de nuestra democracia.

Gabriela Isasmendi
Analista de Cecreda

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